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  • Stefanie Würfel y Johanna Nicklaus

Nuestro viaje de voluntariado a Limón, Costa Rica

«¡Qué peligroso!» Donde quiera que vayamos, siempre recibimos la misma respuesta cuando hablamos sobre Limón 2000. Todos los que viven allí parecen haber pasado al menos una vez por la cárcel o haberse metido en algún tipo de problemas con la ley. El director local de nuestro grupo, Carlos, nos ha inculcado desde el primer día la importancia de no salir solos, no llevar nada de valor y no fiarnos de nadie que conozcamos por la calle. Estamos empezando a preocuparnos por cómo será nuestro trabajo allí y nos da un poco de miedo pensar en lo que nos espera. Pero eso ya sirve de poco, estamos decididas a participar en el proyecto.

Al llegar a Costa Rica, Carlos nos prepara en todo lo posible en cuanto al proyecto, el país y sus gentes. Con una sensación un tanto extraña y mucha incertidumbre, nos encaminamos hacia Limón 2000, un pequeño lugar cerca de la ciudad costera de Limón.

El sábado por la tarde llegamos con Carlos al lugar del voluntariado, y por un momento nos quedamos sin habla. No por miedo ni por el aspecto del pueblo, sino por la increíble cantidad de gente que ha venido a recibirnos. Todos nos saludan como si fuéramos viejos conocidos, se alegran de vernos y nos abrazan cariñosamente. Por primera vez, realmente nos damos cuenta de la importancia que parecemos tener tanto para el cura como para la comunidad. De golpe, desaparecen todas nuestras preocupaciones. La calidez, el afecto y la confianza con que nos reciben hacen que todo lo que habíamos oído sobre este lugar pierda importancia. No esperábamos en absoluto que nos fuesen a recibir con una actitud tan positiva y optimista, ¡es una locura! Tras formarnos una primera impresión de la situación de las obras, el cura nos da la bienvenida en la iglesia, y nos presentamos ante los feligreses. A continuación nos reciben las familias de acogida con las que nos vamos a alojar las próximas semanas.

A todos nos da la sensación de que las siguientes semanas van a ser agotadoras, porque tenemos que trabajar a diario en las obras. El cura ha pedido ayuda a la comunidad para el domingo, pero el resto de días tenemos que trabajar prácticamente solos, rectificando el suelo, echando hormigón y preparando el tejado. Para este tipo de cosas en Alemania se utiliza maquinaria moderna, como grúas y excavadoras. Lo más moderno que nosotros teníamos eran una mezcladora de cemento, picos y palas, cubos agujereados y un generador de energía que era mejor observarlo desde la distancia.

Parece que va a ser mucho trabajo duro, y nos preguntamos si realmente seremos capaces de llevarlo a cabo. Hace un calor bestial y, salvo Jonas, todavía nadie tiene demasiada experiencia en la construcción. Cuando comenzamos el primer día de trabajo, todo avanza un poco lento. Estamos unas diez personas, no sabemos muy bien qué hay que hacer y estamos esperando a que alguien nos dé instrucciones claras. A lo largo del día, sin embargo, cada vez viene más gente a ayudarnos y colaborar con el proyecto, ya sea directamente con las obras o preparándonos comida o refrescos (que con 42ºC a pleno sol son más que necesarios).

Gracias al apoyo de trabajadores profesionales, en seguida nos queda claro lo que hay que hacer. Estamos impresionados con tanto dinamismo e iniciativa y ya casi ni sabemos por dónde ayudar de todos los vecinos que han venido a echar una mano. El cura nos incluye siempre en sus oraciones y a menudo comenta que con nuestra llegada y nuestra ayuda se han renovado los ánimos para sacar el proyecto adelante.

A lo largo de la semana ha participado tanta gente en el proyecto que no hemos estado solos ni un momento. Hemos conseguido hormigonar el suelo, el objetivo de la semana, en tan solo tres días y medio. Estamos impresionados y contentísimos. Con lo rápido y bien que hemos estado trabajando, todavía nos sobra tiempo, por lo que damos unas charlas en el instituto para presentar nuestra oferta educativa y explicarles a los alumnos la importancia de ir a la escuela y realizar una formación profesional.

Además de eso, invitamos a los niños del pueblo a jugar con nosotros al fútbol en la plaza de la iglesia. Su entusiasmo es indescriptible, y nos quedamos impresionados con lo abiertos y curiosos que se muestran ante nosotros («¿Cómo de grande es Alemania? ¿Con qué se paga allí?»... Y lo más importante: «¿Cuánto cuesta una PlayStation?»).

Para nosotros era muy importante desde un principio no actuar como un grupo de voluntarios que estaban allí a lo suyo, sino crear algo con los habitantes y divertirnos. Por ello, teníamos claro desde el comienzo que queríamos que se nos tratase igual que a los demás, sin recibir ningún tipo de trato preferente. Quizá haya que decir que esto no encaja del todo con la cultura de los ticos (los habitantes de Costa Rica), puesto que suelen tratar mejor a los invitados. Por otro lado, nos parecía importante aceptar a cada uno tal y como es y comportarnos de un modo objetivo, a pesar de que en ocasiones conocíamos su espantoso pasado. Tratamos a todos sin prejuicios y les dedicamos una sonrisa, compartimos comida y bebida con ellos y sacamos un montón de fotos de recuerdo. Nos fuimos alternando para realizar las tareas e invitamos a los ayudantes a que nos acompañasen a la playa para relajarnos un poco tras la jornada de trabajo.

Nuestro objetivo, claro está, era hacer avanzar la construcción del centro de formación profesional, pero rápidamente nos dimos cuenta de que nuestra estancia en Limón 2000 iba a ser mucho más que eso; logramos aportar esperanza y optimismo y motivamos a los habitantes para que se involucraran más en el proyecto. Estamos eternamente agradecidos por la increíble hospitalidad y atención que hemos recibido de todos, sobre todo de nuestras familias de acogida. Aunque el alojamiento y los recursos variaban mucho de familia a familia, todos se ocupaban de nuestras necesidades y trataban de satisfacer nuestros deseos. Nosotros tuvimos la suerte de pasar nuestra estancia con una fantástica familia con hijos, con los que pronto entablamos amistad y que todas las tardes nos hacían partícipes de sus juegos.

También estamos agradecidos por la tutela y asistencia de nuestro organizador Carlos las 24 horas del día. Nos quedamos impresionados con su aventurera manera de conducir, su capacidad de trabajo y perseverancia, su vena musical y su habilidad para hacernos reír constantemente.

Nos reímos mucho y lo pasamos genial, trabajamos y nos organizamos bien como equipo. También hicimos el tonto y disfrutamos de la buena comida (arroz y judías o arroz con judías, a veces separado, a veces junto, por la mañana, tarde y noche) y los dulcísimos refrescos. Nos relajamos en la playa y paseamos por la zona más peligrosa del país con una sonrisa en la cara. Hicimos amistades, nos convertimos en parte de la familia y lloramos con la despedida. Al final ganamos y recibimos más de lo que pudimos dar.

Esperanza. Amistad. Don’t worry, be happy. Pura Vida. Amén.

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