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  • Patrick Brennecke

Mi pequeño mundo en Costa Rica

Un artículo del diario "Pura Vida o Pura Paja" de Patrick Brennecke sobre su servicio voluntario de un año en Costa Rica.

Mi madre anfitriona, mientras cortaba una cebolla, se detuvo por un momento y meditó. "Dos tomates para el fin de semana, un manojo de cilantro para los frijoles y el té helado". Asentí y dije adiós. Mi hermana anfitriona hizo un gesto con los ojos. Para entonces, ya se había acostumbrado a que yo anduviera descalzo todo el tiempo, pero nunca pudo entender cómo yo podía salir a la puerta sin zapatos. Me reí, subí a mi bicicleta y comencé a pedalear con fuerza. Dos semanas atrás, el camino de ripio en nuestro vecindario había sido renovado, de modo que ahora había una pequeña diferencia de altura entre la carretera y nuestro jardín, la cual uno sólo podía superar si se tenía suficiente tracción. Nuestra casa y las de nuestros vecinos iban quedando atrás. Había dos formas de llegar a la pulpería. Siempre tomaba el camino de ripio a lo largo de las casas residenciales. En la carretera principal asfaltada siempre había demasiado tránsito. Como ciclista, yo sería como el último mosquito en la habitación de mi padre. Los Ticos estaban sentados en las terrazas de sus casas y me saludaron con una sonrisa. Del lado izquierdo estaba el campo, y el señor que trabajaba allí, todo sudado, levantó la vista de sus plantas de judías y saludó con la mano. Yo sentía el sol ardiendo sobre mis brazos. Tan pronto como me bajara de la bicicleta, comenzaría a sudar, pero hasta ahora la corriente de aire lo impedía. Al pasar, veía casas coloridas hechas de madera y concreto. La cerca eléctrica sobre la pared de la gran casa de ladrillos crepitaba como siempre, y también estaba el montón de basura, donde estaba siempre. Cuando llegué, los buitres huyeron al árbol más próximo. En la iglesia, un par de personas cantaban a la misericordia de Dios y, al lado, los hombres del taller mecánico yacían en sus hamacas. No tenían clientes. La pulpería estaba del lado derecho del camino de ripio.

Pero la entrada estaba sobre la carretera principal y tuve que rodear el edificio. Cuando me di vuelta, reconocí a algunos estudiantes del colegio, la escuela secundaria, por sus uniformes de color beige. En el colegio, fui docente voluntario. Frente a la entrada de la pulpería, había un cruce y al otro lado de la carretera, la escuela primaria. Al principio, solía dar clases allí también, pero ahora había cambiado mi enfoque hacia el colegio.

Aquí, en el cruce, comenzaba la

carretera de Río Blanco, una de mis rutas favoritas en bicicleta. A menudo seguía el camino que llevaba a las montañas. Mi mentor también vivía en esta calle. Todo estaba cerca, podía ir a todas partes en bicicleta. Me bajé y entré en la pequeña tienda de sólo tres escaparates. En un espacio tan pequeño encontraba más comestibles que en cualquier supermercado alemán. "Pura Vida, Mae", me saludó el dueño. Le estreché la mano. Nos conocíamos bien, yo venía a menudo. Después de un rato, tenía en mis manos todo lo que mi madre anfitriona me había dicho que comprara y me puse en la cola de la caja. "¡Patricio! ¿Cómo estás? ", preguntó alguien. Reconocí a Carlos y sonreí. Carlos era uno de los hombres que había construido la escuela en Limón 2000. Desde mi casa, Limón 2000 estaba en dirección contraria a la pulpería. Ese distrito era un mundo en sí mismo. Allí vivían los más pobres de todos, allí se veía la miseria en las calles y, justo al lado, niños jugando con canicas. Como yo era un docente, Limón 2000 siempre me mostró su mejor lado. La gente siempre era amable conmigo. En esas calles vivía una comunidad feliz, pero también la desesperación. Mi familia anfitriona tenía miedo de ese lugar. Nunca iban allí. Yo iba todas las noches. En la ubicación que me habían asignado daba clases de inglés. En ningún otro lugar las personas se reían tanto al aprender un idioma. Después de clases, ya era de noche. De vez en cuando, veía gente disparando con armas. "Estoy bien", respondí honestamente la pregunta de Carlos. Comenzamos a hablar sobre su familia y él estaba interesado en lo que pensaban mis padres sobre mi vida en Costa Rica. Cuando nos despedimos, decidimos pasar un día en la playa la semana siguiente, con su familia e Isabel, mi compañera voluntaria. Volví a subirme a mi bicicleta y pedaleé de regreso lentamente sobre el bien conocido camino de ripio. Pasé por las casas de colores y las caras sonrientes de mis amigos. De vuelta en casa, mi madre anfitriona ya me estaba esperando.

Traducción realizada por la Voluntaria de Naciones Unidas Cristina Vignolo Córica

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