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  • Vanessa Einsiedler

Un lugar al fin del mundo

Imagínate estar en un lugar fuera de la civilización. La naturaleza que te rodea está intacta, las montañas y los valles están cubiertos de árboles. A través de los profundos valles serpentean ríos que parecen interminables y el sol caliente ilumina las colinas. Gallinas, cerdos e incluso caballos andan sueltos y parecen carecer de dueño. En los alrededores se ven cabañas aisladas de madera y hojalata. Hay muy poca gente por aquí y parece que apenas te notan. Además las palabras que intercambian son incomprensibles. Al parecer conocen su rutina diaria a la perfección y la siguen. Un poco más lejos, en una pequeña colina, unos niños están jugando con una pelota rota. Se ríen y retozan, pero cuando te acercas a ellos, se callan y te miran con una mezcla de curiosidad y miedo. Intentas explicarles que no tienen que tener miedo, pero no entienden tu idioma. Así que empiezas a patear la pelota por el aire y pronto los primeros niños se atreven a jugar, sin necesidad de palabras.

A principios de marzo salí con un pequeño grupo de alemanes, norteamericanos y costarricenses hacia la selva, donde vive un pequeño grupo de indígenas - los Cabécar. Roland (un americano que conocí en Costa Rica) había invitado a mí y otros cuatro jóvenes a acompañarlo. Él ya había estado varias veces en esta remota parte de Costa Rica. La razón de ello es que se ha dedicado a construir un pequeño centro de atención médico para la población indígena en medio de la selva, ya que el hospital más cercano se encuentra a 2,5 horas a pie y un posterior viaje en autobús de 3 horas. En varias ocasiones, se ha permitido que grupos de voluntarios acompañen a Roland a los Cabécar, aunque mayormente por varios días o semanas para ayudarlo a construir alguna casa. Esta vez era sólo para evaluar la situación y planear los próximos pasos.

El paseo comenzó con un viaje en auto de 2 horas y media. Tiempo suficiente para conocer mejor al pequeño grupo con el que pasaría el fin de semana. A continuación, tuvimos que hacer una caminata igual de larga, sin parar, cuesta abajo bajo el sol ardiente. La naturaleza que nos rodeaba era impresionante, pero cuando el primer caballo salvaje vino por el estrecho camino corriendo hacia nosotros, me asusté un poco. Casi llegando a nuestro destino, tuvimos que cruzar un río sobre el que los Cabécas (la población indígena) habían construido un tracción de cable. Incluso vino alguien a ayudarnos y nos llevó a salvo al otro lado del río. Durante el resto del camino vimos algunas cabañas, que en su mayoría eran de madera y de algunas salía humo. También pasamos por una pequeña escuela que Roland y otros voluntarios habían pintado el año pasado. Por lo que podía ver, esta era la única casa que estaba pintada. Poco tiempo después llegamos al refugio en el que pasaríamos la noche. Habíamos traído nuestros propios sacos de dormir y en el (único) cuarto interior había colchonetas de espuma, que resultaron ser más cómodas de lo que parecían. Después de dejar las mochilas, queríamos explorar los alrededores. Al lado de la nuestra cabaña había dos casitas más e incluso una pequeña iglesia, así que este lugar era probablemente el centro. Sin embargo, no hay que imaginarse una iglesia como las que conocemos: grande, de piedra, con un campanario y un enorme reloj. Esta iglesia estaba hecha de chapa ondulada y en su interior había bancos y un altar de madera.

Después de haber jugado un poco con los niños más pequeños, se unieron algunos adolescentes, que sorprendentemente también hablaban español. Su lengua materna es el Cabécar y recién en la escuela aprenden el español. Uno de los adolescentes nos contó que va a la universidad del pueblo más cercano.

Fue muy bonito conocer un poco acerca de su cultura y aprender unas palabras de Cabécar. Después de la cena, que habíamos traído, y una rápida ducha con agua helada de la montaña, hubo una misa en la iglesia. Aunque no entendí mucho de lo que decían, el ambiente era muy agradable, ya que había cantos y bailes. Después de la misa los adultos se retiraron de la iglesia y también nosotros queríamos irnos, pero de repente varios adolescentes empezaron a rapear, lo que rápidamente se convirtió en una batalla de rap y por supuesto nos incitó a quedarnos. Después de que la noche terminara con un rasgueo de guitarra, también fuimos a dormir.

Al día siguiente salimos temprano para evitar ser expuestos al calor del mediodía. Porque la ruta, que el día anterior era cuesta abajo, hoy se tuvo que afrontar cuesta arriba. Y sí, fue bastante empinado. En la cima nos recompensamos con un helado y después fuimos a comer algo con nuestro pequeño grupo. Tanto a nuestro grupo de voluntarios como a los niños indígenas les he tomado cariño en este corto tiempo y espero volver a verlos pronto.

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